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El ciclista que pedaleaba 50 horas seguidas

por Ander Izagirre 

El ciclista que pedaleaba 50 horas seguidas

por Ander Izagirre 

En los años 90, un ciclista poco conocido vistió las prendas más avanzadas de Etxeondo antes incluso que los profesionales: Alberto Guisasola, médico donostiarra, apasionado de las pruebas de ultrafondo como la París-Brest-París, de 1.245 kilómetros. En 1995, estableció con otros ocho ciclistas el récord de la prueba: 43 horas y 20 minutos. Siempre con el mismo culote, sí.

A Guisasola le entró una pasión temprana por las grandes distancias. Con 13 o 14 años, antes incluso de competir como cadete, salía con la bici al amanecer, pedaleaba 160 o 180 kilómetros y volvía a casa al final de la tarde.

 

Muchos ciclistas duermen un rato en la segunda noche pero Guisasola no lo hizo en ninguna de sus tres participaciones.

– Segunda noche sin dormir: ahí entras ya en otra dimensión. No ves bien la carretera, tienes visiones, la percepción te engaña… Hubo un momento en que yo me iba agachando en la oscuridad porque me parecía que tenía que pasar por debajo de una especie de puente que en realidad no existía. Muchos se duermen y se caen a la cuneta. Eso no se puede entrenar, pero tienes que estar preparado para saber que va a llegar ese momento. Estás agotado, hace frío, te viene el sueño y tienes que concentrarte. Y además tienes que mantener el ritmo, porque las velocidades no bajan durante la noche. Cuando amanece es increíble, el cuerpo se recarga con la luz, te da un subidón y terminas mucho mejor.

Los cambios de temperatura, la lluvia y el viento también son obstáculos habituales. Por eso, y por el pedaleo durante tantas horas en la misma posición, la ropa resulta fundamental.

– En 1987 salí con un culote de Etxeondo, uno que me había comprado yo porque eran los mejores. El culote tenía siete mil kilómetros, no quería arriesgarme con una prenda nueva que me pudiera producir algún roce. La gamuza acabó como papel de fumar, ya casi se deshacía, pero no tuve ninguna molestia.

Muchos ciclistas duermen un rato en la segunda noche pero Guisasola no lo hizo en ninguna de sus tres participaciones.

– Segunda noche sin dormir: ahí entras ya en otra dimensión. No ves bien la carretera, tienes visiones, la percepción te engaña… Hubo un momento en que yo me iba agachando en la oscuridad porque me parecía que tenía que pasar por debajo de una especie de puente que en realidad no existía. Muchos se duermen y se caen a la cuneta. Eso no se puede entrenar, pero tienes que estar preparado para saber que va a llegar ese momento. Estás agotado, hace frío, te viene el sueño y tienes que concentrarte. Y además tienes que mantener el ritmo, porque las velocidades no bajan durante la noche. Cuando amanece es increíble, el cuerpo se recarga con la luz, te da un subidón y terminas mucho mejor.

Los cambios de temperatura, la lluvia y el viento también son obstáculos habituales. Por eso, y por el pedaleo durante tantas horas en la misma posición, la ropa resulta fundamental.

– En 1987 salí con un culote de Etxeondo, uno que me había comprado yo porque eran los mejores. El culote tenía siete mil kilómetros, no quería arriesgarme con una prenda nueva que me pudiera producir algún roce. La gamuza acabó como papel de fumar, ya casi se deshacía, pero no tuve ninguna molestia.

– Pasaba a Iparralde y me iba por carreteras que no conocía, comía cualquier cosa por ahí, descubría sitios… Me gusta ir un poco más allá. Siempre hay algo más allá que te llama.Guisasola compitió en cadetes y juveniles, pero descubrió que lo suyo eran las marchas interminables y en 1987 se apuntó a las brevets: los recorridos homologados de 200, 300, 400 y 600 kilómetros que un ciclista debe completar en un tiempo máximo si pretende inscribirse en la legendaria París-Brest-París. Esta prueba nació como carrera profesional en 1891, tan monstruosa que solo se disputaba cada diez años, y la edición de 1901 la ganó Maurice Garin, quien se convertiría en el primer vencedor del Tour de Francia en 1903. A mediados del siglo XX se transformó en randonnée (“paseo, excursión”) y ahora se celebra cada cuatro años. Algunos participantes aspiran a completarla dentro del tiempo máximo de noventa horas, durmiendo algunos ratos, y otros apenas se detienen en los avituallamientos porque persiguen la mejor marca. 

Guisasola se apuntó a la de 1987, se sintió bien y fue dejando atrás a mucha gente. Pagó, eso sí, la novatada:

– De noche me perdí un par de veces. Me fui por una carretera equivocada quince kilómetros de ida y quince de vuelta. Entonces el reglamento nos obligaba a llevar guardabarros y un faro de dinamo que te iba rozando para dar luz durante la noche, servía para que te vieran pero tampoco alumbraba mucho, íbamos siempre por carreteras secundarias con cientos de cruces y era fácil despistarse. Había algunas flechas, pero a veces algún cabrón las giraba para mandarnos por otra parte… 

Cada noventa o cien kilómetros, los ciclistas tenían puestos de control en ciudades que les servían de referencia. Solo allí podían recibir comida, bebida y ropa de los coches que los acompañaban y que entre esos puntos debían circular por carreteras distintas. A falta de doscientos kilómetros, los acompañantes de Guisasola le dijeron que se le estaba acercando el estadounidense Scott Dickson, uno de los ciclistas que más veces ha terminado la prueba en menos de cincuenta horas, la barrera que marca los tiempos excelentes. Dickson había salido seis horas más tarde que Guisasola, en el grupo de los ciclistas más rápidos.

– Yo iba con un ciclista francés. Decidimos aflojar un poco para esperar a Dickson, vimos una luz al fondo de la noche y ahí venía el tío, con una tranca terrible, no sé, un 53×12 o algo así. Subía los repechos sentado con el plato grande. Nos pidió relevos, porque quería dejar atrás a De Munck, el belga que tenía la mejor marca hasta entonces y que venía cerca. Le ayudamos y entramos los primeros en París: Dickson batió el récord, 44 horas y un minuto; el francés y yo hicimos 50 horas y un minuto.

A Guisasola le dio un poco de rabia, porque se quedó a un minuto de esa barrera que pocos ciclistas superan. Pero la experiencia le sirvió para mejorar en las siguientes ediciones: el conocimiento del terreno, los entrenamientos, la alimentación…

– Y la parte psicológica, que es clave. Te vienen momentos muy duros, de cansancio, de hastío, te entran ganas de tirar la bici. Pero aprendes que si aguantas media hora, el cuerpo le da la vuelta, se enciende y marcha incluso mejor. Tu fisiología se va adaptando, es una pasada.

Guisasola había corrido en el equipo juvenil del Insalus-Danena, el de Jokin Mujika, Valentín Dorronsoro, Modesto Urrutibeazkoa, aquellos que pasaron al Orbea de aficionados y profesionales: el primer equipo ciclista al que vistió Etxeondo. Guisasola conocía a Paco Rodrigo porque compartieron aquel mundillo.

– Cuando terminé mi primera París-Brest-París, Paco me llamó entusiasmado: “Alberto, vente a Etxeondo”, estamos hablando de cuando Etxeondo todavía era el caserío, ¿eh?, “ven y te doy unos culotes, cuando les hagas tantos kilómetros y tantos lavados me los traes, miramos cómo se quedan”… Él hacía pruebas conmigo: en vez de meterle una capa de almohadillado al culote le metía dos, o un tejido intermedio para que amortiguara mejor…

Para la siguiente París-Brest-París, la de 1991, Guisasola probó los culotes de Etxeondo que iba a llevar el equipo Banesto en el Tour de ese año, el primero que ganó Induráin.

 

 

– No eran sintéticos, en aquella época todavía eran de gamuza. Una gamuza finísima, una maravilla, pero había que cuidarlos mucho. Yo no les daba crema, porque si tapas los poros al cuero le quitas la transpirabilidad. Los lavaba y los dejaba secar despacio, nunca al sol, para que no se acartonaran. Era mejor ponerse el culote un poco húmedo y masajearlo para que el cuero se mantuviera elástico.

Las demás prendas también resultaban importantes para tantas horas de pedaleo. Guisasola recuerda la camiseta interior que abrigaba y no se empapaba, los botines para la lluvia, las primeras prendas que fabricó Etxeondo con membrana goretex, que eran impermeables, transpirables y cortavientos…

– Hasta entonces, cuando llovía nos poníamos esos plásticos transparentes con los que te cocías en tu propio sudor y te deshidratabas.

Guisasola vistió las prendas con goretex antes que los ciclistas de la ONCE.

¿Sabes lo que hizo? Vino con un bote de pintura reflectante, agarró un pincel y se puso a dar la pintura en algunas partes del maillot.

– Yo alucinaba, de verdad. María Jesús y Paco veían la posibilidad de experimentar conmigo en condiciones extremas y se volcaban. Ese era su espíritu, buscar la mejor solución al problema más complicado. Me hacían las prendas a medida, el patrón, el corte, todo al detalle.  En 1991 me abrieron la empresa en agosto, cuando estaban de vacaciones, para terminar mi ropa de la París-Brest-París. Yo alucinaba con tantas atenciones. Pero si yo era un aficionadillo, un cicloturista…

– Les vendría bien tu publicidad, un ciclista que pedalea dos días seguidos y bate el récord de la París-Brest-Paris con la ropa de Etxeondo…

– Qué va, yo no salía casi nada en la prensa. Cuando batí el récord en 1995 sí que me entrevistaron en radios, periódicos, teles, pero antes de eso casi nada, yo no le daba ninguna publicidad a Etxeondo. Eso a Paco le daba igual. ¡Si él tenía a Induráin, a Perico, a Kelly, a los mejores equipos del mundo! Qué le iba a aportar yo. Lo movía su inquietud por investigar, por experimentar.

Guisasola recuerda los empeños de Paco Rodrigo por conseguirle un maillot de alta visibilidad para los tramos nocturnos.

– Entonces no se fabricaba ropa así. ¿Sabes lo que hizo? Vino con un bote de pintura reflectante, agarró un pincel y se puso a dar la pintura en algunas partes del maillot, para ver cómo quedaba, cómo respondía la elasticidad de la prenda, qué pasaba después de lavarlo… Todos esos experimentos le entusiasmaban. Y a mí me motivaban: él se entregaba tanto por mí que yo luego tenía que dar el callo, no podía abandonar a la primera de cambio.

Para su segunda participación, la de 1991, Guisasola se preparó a conciencia. Nunca dejó de trabajar en su consulta médica, así que aprovechaba las tardes de los miércoles para rodar trescientos kilómetros hasta la madrugada y los fines de semana para completar tiradas de quinientos. Cuatro días antes de la París-Brest-París quiso salir a una terraza soleada de Artajona (Navarra), no vio la cristalera transparente, la atravesó y le estalló en todo el cuerpo. Lo llevaron envuelto en toallas al hospital, donde le sacaron mil fragmentos de cristales y le cosieron las piernas, los brazos, la lengua.

– Buf, llevaba cuatro años preparando la prueba y unos días antes me pasó eso… No me quería rendir. Tenía que intentarlo como fuera. Al día siguiente me fui en bici de Artajona a San Sebastián, todo cosido y lleno de vendajes. Pensé que si hacía esos 150 kilómetros, podría hacer algunos más.

Y los hizo. Completó la París-Brest-París, en los últimos tramos flojeó por las molestias y el cansancio acumulado, no pudo seguir al grupo en el que pedaleaba, pero aun así mejoró su marca: 48 horas y 38 minutos.

– Terminé cansado pero con buena sensación. A pesar de los puntos de sutura, fui bastante cómodo. La ropa contribuía mucho: al acabar yo no tenía esa necesidad de quitarme cuanto antes el culote porque ya no lo soportaba, no tuve rozaduras ni heridas ni nada. A todo el mundo se le quedan algunas zonas dormidas, eso sí, el perineo por la presión del sillín tantas horas, las muñecas por la presión del manillar, eso no tiene remedio. Por lo demás, ese año la ropa fue muy importante para no tener molestias.

En su tercera participación, la de 1995, Guisasola batió el récord de la prueba. Gracias al viento favorable, los primeros ciclistas completaron los 620 kilómetros de la ida en solo diecinueve horas. A la vuelta se organizaron contra el viento.

– A falta de cuatrocientos kilómetros quedábamos nueve en cabeza. Calculamos que si seguíamos juntos hasta el final, a relevos, podíamos conseguir el récord. En los últimos doscientos kilómetros sacamos una media de 34 o 35 km/h. Es increíble cómo responde el cuerpo cuando lo entrenas, cuando va bien alimentado y bien hidratado: después de mil kilómetros, puedes hacer doscientos al mismo ritmo que si empezaras de cero. 

Los nueve ciclistas (seis franceses, dos estadounidenses y Guisasola) entraron juntos en París y establecieron una marca de 43 horas y 20 minutos. Solo ocho ciclistas de la edición de 2015 han rebajado ese tiempo, encabezados por Bjorn Lenhard con 42 horas y 26 minutos.

Guisasola no ha vuelto a participar en la París-Brest-París pero a sus 62 años dice que es joven y tiene ocasiones por delante para repetirla. Si es que no la ha repetido ya en tantas circunstancias de la vida:

– A mí la París-Brest-París me ayuda todos los días. Al final, entrenas la capacidad de superarte, de aguantar en los momentos malos, de hacerte fuerte. Eso te sirve en los momentos duros de la vida. Y es curioso: sigo teniendo sueños en los que pedaleo hacia París.

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